Emilio el moro
Emilio el moro
Emilio el moro

           Don Emilio Jiménez Gallego nació en Melilla (donde tiene la consideración de personaje ilustre), el 3 de Noviembre de 1923, en la carretera del cementerio, concretamente en la calle Padre Lerchundi; quinto hijo de una familia humilde formada por Don Rafael Jiménez Muñoz (natural de Capuchinos, provincia de Málaga) y Dª. María Gallego Fernández (natural de Campillos-Antequera, provincia de Málaga), quienes se conocieron en Melilla, casándose el 24 de junio de 1914, en esta ciudad autónoma, entonces dependiente administrativamente de la provincia de Málaga, y trayendo  al mundo doce hijos, de los que vivieron ocho, cuatro varones y cuatro mujeres, a saber: María (07-05-1915), Salvador (26-11-1921), Emilio (03-11-1923), Ángel (02-10-1925), Victoria (26-11-1927), Isabel (26-12-1931), Carmen (07-07-1933) y Rafael (01-11-1936). Posteriormente vivió en una casa que compraron sus padres, sita en la Calle de Alférez Abad Ponjoan nº10, en el popular “Barrio de los Cuernos”.

       Emilio, por motivos económicos, comenzó el colegio unos años después de la edad de escolarización; era alegre y bromista, cantaba y hacía bromas ya desde muy pequeño; en una ocasión se puso en la cabeza un calcetín a rayas, a modo de gorro, y con el puesto marchó al colegio, provocando la hilaridad de cuantos le rodeaban.

       No habiendo podido cursar estudios superiores, algo con lo que nunca se conformó, realizó los estudios artísticos necesarios para su carrera, esto no fue un impedimento para alcanzar el éxito, y su afán de mejorar le convirtió en un autodidacta en varias disciplinas, siendo su interés por aprender muy grande; su autor preferido era Schopenhauer, al que dedicaba unos momentos de lectura por las noches, en su cama, mientras fumaba un cigarrillo.

 

              Además, al respecto decía “Soy analfabeto como todo el mundo, puesto que nos morimos ignorando el noventa y nueve por ciento de las cosas”, y añadía “Sé cinco idiomas. Tengo cinco mudos de distintas nacionalidades que son amigos míos. En cuanto al país que más me gusta de todos los que conozco, me quedo con el que nos dicen que veremos después de la muerte”.

       En su familia eran muchos hermanos y los mayores empezaron a trabajar juntamente con el padre en su taller de pintura. Otro medio que empleaba para ayudar al mantenimiento de la familia era la pesca, a la que era muy aficionado.

       Sus padres, aunque no tenían el carácter alegre y jovial de Emilio, también cantaban; sus hermanas se entonaban en el cante; y todos sus hermanos tocaban  la guitarra, la bandurria o el laúd, celebrando reuniones y fiestas en su domicilio, que se oían en toda la calle. Cuando llegaban a casa a comer se hacía la alegría y la casa era una fiesta, cantando y tocando los instrumentos mientras la madre preparaba la comida. Emilio estaba dotado de una voz “marchenera” preciosa, muy dúctil, que aflautaba y era jonda a la vez, era un cómico genial, un hombre con una sensibilidad, una afinación y un buen gusto muy raros en su época.

       Aficionado desde niño al flamenco, a los tres años cantaba con muchísima gracia aires flamencos, entusiasmando a todos sus oyentes. Alternó sus estudios con el cante y a la edad de 15 años se presentó por primera vez ante el público de Melilla, obteniendo un clamoroso éxito, hasta el punto de presentarse a un concurso de cante para aficionados, en Radio Melilla, por fandangos, soleá, tientos, polo, caña, etc., toda la gama de flamenco no tenía secretos para Emilio. El mismo concurso lo ganaría en los años siguientes hasta en siete ediciones, empezando a ser famoso en el Norte de Marruecos, entonces protectorado español. Pero a pesar de estos éxitos no lograba abrirse paso y afianzarse en los ambientes flamencos de la península y sin llegar nunca a convertirse en cantaor profesional y ganándose la vida como pintor de brocha gorda, lo que hoy llamaríamos pintor-decorador.

       Su formación artística era enorme, tocaba la guitarra en todas las posiciones, hasta en la espalda, con una sola mano, bailaba y toreaba con ella, cantaba incluso al mismo tiempo que fumaba. Uno de sus sketch que le hizo famoso fue el “solo de guitarra”, pues tras anunciar al público que iban a contemplar un solo de guitarra, dejaba ésta empinada en medio del escenario y se ausentaba del mismo, hasta que el público se daba cuenta de la broma y rompía en carcajadas. También solía presentar en sus espectáculos el toque de guitarra por fandangos, con una sola mano, sirviéndole la mano derecha únicamente para sostener la guitarra por su base.

       Decía que entre sus proyectos estaba el de poder estrenar en TVE un número en el que no cantaría, ni hablaría, ni tocaría la guitarra (Un sketch así protagonizó en sus espectáculos, consistía en salir al escenario, sentarse en una silla y fumarse un cigarrillo, con cara de guasa, mirando al público entre calada y calada al cigarrillo, de un lado a otro de la sala, sin decir nada y sin hacer otra cosa, hasta pasados unos minutos en que el público, rendido, rompía primero en una carcajada, después otra y otra, acabando en carcajadas y aplausos el teatro entero).

       El 2 de marzo de 1948, con 23 años, nueve meses después de licenciarse tras dos años de servicio activo de su Servicio Militar, que había prestado en el Regimiento Mixto de Artillería número 32, de guarnición en Melilla, y gracias a una colecta de dinero efectuada por sus familiares y amigos e incluso mandos militares, se trasladó a Madrid, donde contaba con el apoyo de unos familiares. Con las 500 pesetas de la época que le prestó el Capitán de su Compañía, se compró una chilaba, unas babuchas, una guitarra y una tableta de chocolate, llegando a Madrid con una onza de chocolate, 25 pesetas y la guitarra rota.

 

       Donde primero recaló al llegar a Madrid fue en una pensión, en la que permaneció dos días, dirigiéndose luego a casa de los que posteriormente fueron sus suegros, toda vez que el padre de Pilar era primo hermano de Manolo, el marido de su hermana Victoria. Emilio conoció a Pilar en Melilla, cuando ésta contaba 13 años y fue a pasar unos días con sus tíos en Melilla para reponerse del susto y lesiones que le produjo un ataque salvaje de un gitano, en el puente de Toledo, Madrid, y que le acarreó una rotura de clavícula.

       Por aquél entonces, Emilio se hallaba cumpliendo el servicio militar y la niña le pareció un poco cursi. Cuatro años después, cuando Pilar ya contaba con 17 años, Emilio, recién llegado a Madrid fue a visitar a los padres de Pilar, al verla sin reconocerla, exclamó “Pues con esa me voy a casar yo”.

       Emilio tenía todas las simpatías de su futura suegra, de origen malagueño, y que había vivido un tiempo en Melilla; por el contrario no caía bien a su futuro suegro, quien al principio no creía en él y sus posibilidades. Se quedó en casa de Pilar, compartiendo cama con el hermano de ésta, Fernando; y para ganarse la vida comenzó a ejercer su profesión de pintor.

       Su futuro suegro, pronto comenzó a ver sus méritos y le inscribió en un programa radiofónico denominado “Fiesta en el aire”, que tenía un método de elección por aplausómetro, y en el cual Emilio, pese a alcanzar alta puntuación,  no logró ganar el concurso, al parecer todavía cantaba flamenco en serio; desde entonces comenzó a frecuentar los círculos de artistas y así recaló en el Parque del Retiro madrileño donde se representaban dos funciones al día en una especie de carpa de verano montada al efecto.

       En su primera función el público del retiro no fue muy receptivo con su actuación, por lo que viendo que cantando flamenco en serio, (aunque no le faltaban facultades) no conseguía atraer la atención de los espectadores, para la segunda función, pidió a su futuro suegro que le trajera una sábana, unas alpargatas y pintura negra.

          Emilio se enrolló la funda de la almohada a la cabeza y se vistió con la sabana, se maquilló pintándose la barba y los ojos, e hizo una demostración de su arte, cantando Pipa Romero (Pepe Romero), ataviado con lo que en adelante sería su atuendo, pues esa fue la primera vez que se disfrazó de moro, definiendo así su personalidad artística y logrando un clamoroso éxito al cantar flamenco al estilo árabe (el día en el que según referencias del mismo Emilio, se le salió la babucha y le dio a un señor calvo, que posteriormente iría a su camerino a devolverle la babucha y a contratarle), y consiguiendo que el recinto empezara a llenarse a partir de entonces. Este sketch de la babucha lo repetiría posteriormente en otros espectáculos.

 

     En estas circunstancias Emilio pasó del Retiro al Teatro Pavón, cuando fue contratado por el Empresario Demetrio Corbí (empresario y posterior pareja de Estrellita Castro), debutando en el Pavón con Gloria Romero; más tarde realizó un ensayo general con la compañía, que encabezada por Gloria Romero, hizo en Puertollano, camino de su debut en Granada; el espectáculo que Gloria Romero llevaba en aquellas fechas era “Sol de España nº 3” en Madrid y “Sol de España nº 4” en su gira por Andalucía.

       No obstante, y previo a esta gira, Emilio que no quería iniciarla sin casarse, puso como condición el contraer matrimonio con Dª. Pilar Saugar Moral (12-10-1930), que se celebró el 16 de septiembre de 1948, en la madrileña iglesia de San Miguel,  calle General Ricardos, siendo la madrina Gloria Romero, que corrió con todos los gastos de la boda que ascendieron a 500 pesetas. Incorporándose seguidamente a dicha gira sin tiempo para la luna de miel.

       De dicho matrimonio nacieron tres hijos: Emilio (2-11-1950), Alejandro (27-01-1961) y Pilar. Tuvo varias residencias en Madrid, Calle Orgaz, luego en C/ Antonio López y C/ Nicolás Sánchez en el barrio de Useras, también en Calle Fuencarral nº 106, y finalmente en los años 60 se compró una finca en Orito (Alicante), que a la postre fue su última residencia.

 

       Al regreso de esta gira le contrató Carceller para el Price,  ya en pleno desarrollo de su estilo moruno, con gran y repetido éxito de público, que conllevó un rápido aumento en sus remuneraciones pecuniarias, tasadas en 250 pesetas por actuación.

       Artísticamente empezó a anunciarse con varios nombres,  “Emilio de Melilla”, Emilio de Melilla “El Moro” y “El Moro de Melilla”, y siendo publicitado como “El cantaor de las siete voces” por su gran facilidad para encadenar distintos registros vocales en una misma interpretación; además en la prensa se le vio anunciado como “El Moro” (Estampa árabe).

       Pero la gente cuando iba al teatro a ver su espectáculo decía: “voy a ver al moro, a ver qué hace hoy”, y por todo Madrid se comentaba el espectáculo del “Moro” lo que llevó a Carceller a anunciarle definitivamente con el nombre artístico de Emilio “El Moro”, y que Emilio agradó comentando que “Como nombre de guerra, no estaba mal”.

       El salto a la popularidad de Emilio Jiménez en toda España se produjo a partir de 1949, año en que se presentó en Madrid con el sobrenombre artístico de “El Moro de Melilla”, ataviado con el turbante que su esposa Pilar le confeccionó y que más tarde desechó y siendo publicitado como “El cantaor de las siete voces” por su gran facilidad para encadenar distintos registros vocales en una misma interpretación. Posteriormente Emilio, como ya hemos dicho, adoptó su nombre artístico definitivo, Emilio “El Moro”, deshaciéndose de su atuendo habitual de chilaba, babuchas y barba postiza y pasado a usar el fez, que sería en lo sucesivo, a decir de su hijo Emilio, como su tarjeta de visita.

       Posteriormente uso el esmoquin junto al fez, como moro elegante, aunque en la época en que compartía espectáculos con Finita Rufette volvió a usar al Tarboosh y el “zaraguey” (que son los calzones o pantalones bombachos, con los que conseguía uno de sus éxitos más clamorosos el "Sapo árabe").

 

       Su especialidad era tomar las coplas que triunfaban en aquellos años, en las voces de Juanita Reina, Conchita Piquer, Antonio Molina, Juanito Valderrama y otros, y su arte consistía en ir alterando de manera magistral parte de las letras originales de esas canciones con frases propias y a la vez dándole un toque único y personal que más tarde resultaría característico en todas sus obras, de tal manera que siempre fuera reconocible la copla original, y a la vez arrancar la carcajada de quienes la escuchaban. Triunfó y consiguió ventajosos contratos para actuar por toda España, y así se popularizó si figura, triunfando además porque era un mago de la guitarra y un extraordinario bailarín cómico-flamenco.

       En esta linea, junto a Luisita Esteso interpretó una parodia de “La niña de fuego”, creación de los Maestros Quintero, León y Quiroga, que en aquellas fechas triunfaba en las voces de Manolo Caracol y Lola Flores, pero que él tituló “La niña de la candela”, Alcanzando tal éxito que le llevó a adaptar definitivamente su estilo como cantante, a su propia personalidad bromista y humorística.

       Y aunque la mayoría de sus canciones no estén firmadas como autor de ellas, (por impedimento de la SGAE) tienen su sello personal, y su gracia, que aunque parezca de Cádiz, es de Melilla, y el talento de su autor es tal que se ríe, y nos hace reír; cuando la canción parece exigir el llanto y se va por los cerros de Úbeda, nos lleva con él. Sus letras eran absurdas y surrealistas, que entonces pasaron como gracias sin mérito, pero que con el paso del tiempo han situado a Emilio El Moro como el genio que era, y es ahora cuando se le está reconociendo su mérito.

       El secreto de su triunfo estaba en que Emilio cantaba prodigiosamente bien, lo hacía con mucho primor y gracia, esa gracia natural y desbordante que aplicaba a todas sus actuaciones, unido a su dominio de la guitarra y a su desparpajo y desenvoltura en los escenarios.

 

       Con su repertorio de cantes flamencos burlescos y de parodias de las coplas más populares, Emilio “El Moro” pronto disfrutaría de un gran éxito en toda España, participando a partir de 1952 (año que también grabó sus primeros discos) en numerosos espectáculos junto a otras grandes estrellas del momento; este año fue, también, cuando formó compañía propia., llegando a rodar su primera película, titulada “Fantasía Andaluza”, en la que interpreta unas alegrías de Cádiz que por aquellas fechas cantaba Juanito Valderrama, titulada “De que el Agua sea tan salada”, tema principal de un disco de pizarra grabado ese mismo año.

       Mostrando ante el público su faceta de cantante, guitarrista, narrador, orador, contador de chistes, empresario, productor, actor, etc., siendo el pionero de las parodias musicales y el maestro de las muecas y los gestos cómicos, salpicando sus interpretaciones con requiebros del cante árabe. En definitiva, un genial e inigualable humorista polifacético.

       Por aquellos años residían en la calle Orgaz, de Madrid. Pilar acompañaba a Emilio en todas sus actuaciones y giras, quedándose siempre en el camerino, hasta que en 1950 nació su hijo Emilio, (cuyos padrinos fueron Mayte Pardo y el ilusionista “Príncipe Omar), por lo que a partir de entonces ya no acudía a la mayor parte de sus representaciones.

       También actúo en Tetuán, Tánger y Casablanca, con el Price, donde tuvo que cambiar su nombre artístico por “Emilio el de Melilla”, para no levantar las iras marroquíes, esta gira coincidió con la boda del rey de Marruecos Mohamed V, en aquellas fechas compartía cartel con Pompoff y Tedy, la familia Eduardini y el equilibrista Luigi (posteriormente el hombre bala).

       En Tánger tuvo problemas con su representación toda vez que en una de sus canciones nombró a Fátima sin mucho respeto pero en modo alguno en forma ofensiva, pero no gustó, por lo que, según decía “me querían cortar la cabeza”, presentándose posteriormente ante los que protestaban logrando  convencerles de que no había mala intención en su actuación, acabando tomando una taza de té y fumando  una pipa de “kifi”.

       Emilio alternaba sus actuaciones en el Price con apariciones en Salas de Fiestas como artista invitado, así se le pudo ver en “Sala Jay”, “Casablanca”, “Morocco” y otros clubs importantes.

       Un día, en sus inicios, un empresario no le regó la pista del circo después de la actuación anterior, por lo que para evitar la polvareda que se levantaría en su actuación y para “protestar” por la falta de detalle del empresario, Emilio  entró en la pista del circo conduciendo una vespa  y con su suegro sentado de espaldas a él y echando agua con una regadera. La gente se desternillaba y fue un autentico triunfo humorístico. Más tarde volvería a repetirlo en la plaza de toros de Las Ventas, también con su suegro y la regadera pero esta vez poniéndole a la vespa la matricula del camión que regaba el coso, el número 120.

       Juanito Valderrama, en sus memorias “Mi España querida” relata que llevó a Emilio en su compañía, y que:

       <<...muchísimos años antes de que lo contratara, vino a que le hiciera una prueba al Teatro Cómico de Madrid, cuando yo estaba haciendo Los niños del jazminero (1944) del Pastor Poeta, por si lo metía en la compañía. Emilio vivía entonces en Melilla, y se ganaba la vida como pintor de brocha gorda. Había ganado allí unos cuantos concursos de cante flamenco. Cantaba entonces por Valderrama, hacía mis cosas. El Niño Ricardo le hizo la prueba y, como Ricardo era como era, le dijo:

−− Mira, tú cantando por Valderrama no vas a ser nunca nada. Olvídate de Valderrama e inventa otra cosa porque así no vas a vivir del cante.

       Y le hizo caso al Niño Ricardo, porque al cabo del tiempo, en 1952 me lo encontré en el Circo Price de Madrid, contratado por Carcellé con Gloria Romero. Salía con un fez, una barba postiza y su guitarra. Y ya no era Emilio Jiménez, sino que era anunciado como el Moro de Melilla, lo de Emilio El Moro sería luego. Pero ya no cantaba por Valderrama, sino que se dedicaba a hacer parodias de todos los cantaores y de todas las canciones de éxito, fueran flamencas o no.

       El mismo se escribía estas parodias. Cogía la letra de un cante o de una canción y le daba la vuelta humorísticamente, a veces con cosas completamente absurdas y sin sentido, como las de Carlos Franco, pero con mucha gracia. Lo hacía de manera que se reconocía siempre la canción original, fuera de Juanita Reina, de Concha Piquer o de Lola Flores, aunque le cambiara la letra con golpes muy buenos. De sal gorda siempre, y siempre del hambre, de las ganas de comer, que yo me comía esto y me comía lo otro, pero con mucha gracia. Y con muchas facultades en la voz, la atiplaba queriendo con unos agudos que llegaba con ellos hasta allí arriba, como la sirena de una fábrica, y haciendo unos cambios prodigiosos>>.

       Esto es lo que dice Juan Valderrama en sus memorias, pero estos datos no están contrastados, ya que Valderrama representó su espectáculo “Los niños del jazminero” en Madrid, durante los años 1944 a 1947, y Emilio no dio el salto a la península hasta 1948, dato corroborado fehacientemente por su familia, fecha en la que ya no se representaba dicha obra; y en ese año 1948 Juanito Valderrama presentaba su espectáculo “Redondel”, y teniendo en cuenta que durante los dos años anteriores Emilio realizaba su servicio militar en Melilla, de existir esa prueba, debió realizarse entre la fecha de llegada de Emilio a Madrid y el principio de sus actuaciones en el Retiro.

       Del Price, en julio de1952 se despide de los escenarios españoles para iniciar su primera gira por Sudamérica, y e Agosl espectáculo “Tambores sobre América, con el que seguidamente iniciaría la gira: A Buenos Aires, desde donde pasó a Santiago de Chile, y de allí a Perú, Colombia, Ecuador y Venezuela; terminados estos contratos regresó a España.

       Durante su estancia en Argentina, representaba su espectáculo en el Teatro El Tronío, de Buenos Aires, donde fue visitado por los popularísimos Stan Laurel (el Flaco) y Oliver Hardy (el Gordo), que en esos momentos también se encontraban de gira por Sudamérica, como recogen los diarios de la época.

 

       En el transcurso de esta gira, Emilio se vio acosado por una sesentona millonaria americana, nacionalizada venezolana, Klara Kilmer, quién tras ver a Emilio actuar en el Embassy de Buenos Aires, acudió a su camerino ofreciéndole toda su fortuna (considerable) a cambio de su amor; Emilio tuvo que pedir que la echaran, la apodó “La Gringa” y decía de ella: “Tengo que estar corriendo. Todas las noches viene a fastidiarme. No me deja trabajar tranquilo. Le he dicho que soy casado, tengo hijos y que además no me gustan las viejas, pero la pobre señora insiste en su pretensión”, añadiendo: “No cambiaría a mi mujer por todo el oro del mundo. Ella es joven y guapa y no voy a dejarla por una mujer que tiene 62 años. Antes que los dólares está la felicidad”.

       En esta gira arrasó con su número “el sapo árabe”, que tenía como número estrella, en el que efectuaba su transformación en menos de un minuto, comentando en una ocasión, a la vista de su transformación: “a que parezco unos alicates”. Se dio la circunstancia que estando la boite Embassy le robaron su famoso calzón, con el que realizaba dicho número, por lo que puso al Gerente y personal del local “de vuelta y media”.

 

       No es menor el mérito que tuvo Emilio al triunfar en Sudamérica, ya que allí debía adaptarse a los diferentes públicos, pero dado que parte de su trabajo era cuestión de psicología, él decía ser terrestre y estar a ras de la tierra en todas las tierras.

       Emilio estuvo en Nueva York, Boston y Ottawa, lugares en los que no actuó; también estuvo Caracas, Méjico  y La Habana (donde actuó dos veces), años más tarde también viajaría por Europa, siendo Francia el país que más le gustó y viajando a Inglaterra, en múltiples ocasiones, para cantar a los emigrantes.

       En julio de 1955 se despide nuevamente del público de Madrid para iniciar otra gira por Sudamérica, que en esta ocasión empezaría por el sur, Buenos Aires, Santiago, Lima y Caracas, de la que regresaría a principios de 1956 tras triunfar en aquellos escenarios (Televisión, teatros y night-clubs) con su gracia e ingenio.

       Carlos Herrera refiere que Emilio le contó que, estando en Cuba coincidió con el canje de prisioneros por tractores y maquinaria, y que a un jorobado no lo querían aceptar los norteamericanos, a lo que el pobrecillo repuso: “Cambiadme al menos por unos alicates”.

       También refiere Carlos Herrera la contestación que le dio Emilio a su pregunta sobre qué le habría gustado ser, cuando le respondió “que le hubiera encantado trabajar en un mundo de silencio, donde no hubiera mujeres, ni turistas, ni sacamuelas; eso solo es posible siendo hombre rana”. Quizá esta afirmación la hacía Emilio dada su afición al submarinismo.

       Tras esta consagración, Emilio prosiguió en los años siguientes alternando espectáculos propios (en los que arriesgaba su dinero) con otros donde respaldaba nombres famosos, negocio menos productivo pero más seguro.

       Después formó sociedad artística con Alejandro Cintas (Niño de Orihuela), que duro varios años, siendo en esa etapa en la que Emilio se aficionó a la prestidigitación, comenzando a frecuentar el mundillo de la magia, los juegos y la prestidigitación, aprendiendo los secretos de esta rama del espectáculo, quedándose en la categoría de aficionado.

       Ya en plena carrera artística, en sus ratos libres que no eran muchos, desarrollaba su afición a la pesca submarina, a este respecto declaraba:  “Un sueño que me agradaría convertir en realidad es poder pescar un día un tiburón de siete mil kilos”.

       Quizá por esta afición a la pesca submarina declaraba a Carlos Herrera en una entrevista, a la pregunta de que “qué le habría gustado ser”,  le contestó que “le hubiera encantado trabajar en un maravilloso mundo de silencio, donde no hubiera mujeres, ni turistas, ni sacamuelas. Eso sólo se consigue –añadió- siendo hombre rana”.

 

       Un día, junto a su hermano Ángel, fueron a pescar y Emilio se metió en una cueva, de la que le resultó muy difícil salir, y casi se ahoga. Pasados unos días del suceso decidieron contárselo a la familia.

       Lo cierto es que Emilio también tenía otras aficiones, como el bricolaje y el cuidado de los animales de granja, esto último a partir de la adquisición de su finca en Orito. Incluso fabricaba juguetes de cartón y engrudo, así enseñaría a sus hijos a hacer pegamento con harina y agua hirviendo; le gustaba mucho el billar, por lo que en su casa de Orito habilitó una sala a tal efecto, donde practicaba el billar libre. Una de las expresiones que Emilio empleaba muy a menudo era: “me vas a durar menos que una mosca en la ceja de un mono”.

       Asimismo, le encantaba la física, el deporte (boxeo, futbol, etc.) y los toros. Decía que los homenajes más sobresalientes que ha recibido y recibía eran los que le deparaban su esposa y sus hijos cuando se ausentaba del hogar para trabajar.

       A Emilio le gustaban los trabajos manuales, justo el día en que murió Pepe Mairena, su socio y amigo (7 de septiembre de 1976), se hizo un corte en el dedo corazón de la mano derecha con una cepilladura “Tupi”, cuando en compañía de su hijo Jandry se encontraban preparando unos largueros para el gallinero, y Emilio metió el dedo en la cuchilla, este accidente coincidió con la verbena de las fiestas de Orito, y al segundo día de verbena se puso en el dedo una tablilla hecha de caña y tocó para sus vecinos durante casi una hora, como si nada le hubiera pasado.

 

       A mediados de los años 60 Emilio fue operado de “parestesia” (agarrotamiento de los nervios de la mano), enfermedad fatal para su profesión.

       Detalles de su carácter bondadoso, humanitario y extrovertido son estas pinceladas que se detallan a continuación, extraídas de la entrevista que en 1966 dedicó a la Revista DIGAME: Su mayor alegría y satisfacción, ser y estar como está hoy. Su mayor contrariedad, cogerse los dedos con un baúl”. Su máxima aspiración profesional, trabajar sin interés alguno para los que lo necesiten y merezcan ser felices.

       Finalizaba su entrevista lanzando un mensaje a sus lectores: A todos les envío un abrazo muy fuerte, tanto sin  son personas de buena voluntad como si no lo son. Y un consejo: reír, reír hasta que las dentaduras postizas y las no postizas se caigan al suelo y nos demos, ustedes y yo, con la punta de la nariz en la barba”.

       Emilio “El Moro”, enamorado del arte, se superaba día a día, cantando, bailando y tocando la guitarra, creó un tipo de humor nuevo, humor en el cante, humor en el baile y humor en la charla, lo que hicieron de él una de las primeras figuras de los humoristas españoles.

       Interpretó todos los éxito de la música de su tiempo, medio en serio medio en guasa. Su estilo resultó novedoso. No había otro que le igualara en su género.  Es de admirar el mérito de esta persona que sin haber aprendido música, hacía sonar la guitarra colocándola sobre su espalda. Salió adelante, ayudando a su familia y haciéndose querer por todos.

       Fue una persona con una gran filosofía de la vida. Llamaba la atención el orden y la precisión que ponía en los más mínimos detalles para que todo saliera bien; esto se puede observar sencillamente escuchando sus discos, quizá eso hacía que salieran un poco “serios”, de sus grabaciones destacan sus primeros discos, cuando el mismo se acompañaba de la guitarra en las grabaciones.

       Su segundo hijo, Alejandro cursó estudios en el colegio Dehón de Novelda, y por ello tuvo ocasión de actuar en el salón de actos del centro.

       La longevidad artística de Emilio fue grande, superando el declive que tuvo la copla a finales de los sesenta; por aquellos años le salieron unos serios competidores, las comparsas carnavalescas gaditanas, entre las que destacó la hoy ya desaparecida, los Beatles de Cádiz, que lograron una gran popularidad, aunque efímera. Con ellos Emilio formó una Revista de variedades que denominó “Alí Babá y los 40 Tacatá”.

       No se amilanó Emilio, y empezó a recoger aquellas canciones pop adaptándolas a su estilo, así pasó con “No tengo edad” con la que Gigliola Cinquetti ganó el festival de San Remo y el Festival de Eurovisión, ambos en 1964. Pero no solo esa, realizó versiones bailables como el “Casatschok” y recogió las canciones del verano, como “María Isabel”. Ni siquiera las canciones de Serrat, Víctor Manuel, Julio Iglesias o Camilo Sesto se escaparon de su ingenio, llegó a parodiar hasta los Beatles (Submarino Amarillo).

       Emilio El Moro fue un caso raro de supervivencia, pues él nunca bajó la guardia, nunca dejó de trabajar y si bien la presencia de Emilio se hizo menos frecuente en escenarios y tablaos, ya que el espectáculo de copla resultaba inviable por su concentración de figuras, con unos costes que ya no podía soportar ningún empresario, su recuerdo seguía vivo y no dejó de actuar en espectáculos, salas de fiestas, discotecas y otros espectáculos. Hasta el momento mismo de su muerte, en que se encontraba de gira por la región levantina.

       Emilio Jiménez Emilio “El Moro”, que unos días antes de su muerte, Emilio fue operado de cataratas, de la que se recuperaba satisfactoriamente, falleció el 10 de julio de 1987, domingo, en Alicante, tras permanecer 23 días ingresado en una clínica, debido a las quemaduras que sufrió en el sesenta por ciento de su cuerpo. Emilio “El Moro”, bien conocido como cantante y humorista de teatro, salas de fiesta y variedades, contaba 63 años de edad y más de 37 de carrera profesional, había grabado más de 40 discos y sus comienzos se sitúan junto a los grandes del cante flamenco, como Marchena, Farina, Molina, el Príncipe Gitano y Juanito Valderrama, con el que actúo el pasado año. Fue sepultado en un panteón familiar en la localidad de Monforte del Cid (Alicante).

 

       Sus últimos años los pasó, en su mayor parte, en su casa de campo que tenía en Orito (Alicante), que compró en 1961. En el momento de su muerte se encontraba en casa de su hermana Victoria, en Alicante, pendiente de una de gira artística, debiendo actuar en Valencia al día siguiente de su fallecimiento, al parecer quiso usar un infiernillo (hornillo de gas), que usaba su sobrino para hacer su trabajo como mecánico dental, para encender un cigarrillo, y como aún no estaba recuperado del todo de su vista y no veía muy bien, se debió acercar demasiado, prendiéndose la ropa y abrasándose brazos y pecho, saliendo de la habitación en que se encontraba envuelto en llamas, sin quemarse la cara, pero con graves quemaduras en el 60% de su cuerpo; tuvo que ser trasladado en ambulancia a un centro hospitalario, animando a los enfermeros con sus bromas (genio y figura). Cuando comenzaba a salir de su gravedad, sufrió un infarto que nos lo quitó para siempre.

       Emilio el Moro nunca cayó en el olvido de sus seguidores incondicionales, pero sí fue cayendo, inmerecidamente en el olvido del gran público, sobre todo del nuevo público que le desconoce por completo, sin que hasta la fecha nadie se haya ocupado de rendirle un merecido homenaje a su figura y a su carrera.